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Cuando no hay mucho que decir
¿Qué pasa cuando no hay mucho que decir? Cuando la mente está en blanco.
Es una sensación extraña. No es que siempre tenga una opinión sobre las cosas. O que crea que mi opinión es importante. Más bien mi cabeza seguido se encuentra preocupada por algo. El silencio es cosa rara.
El regreso de la ansiedad cuando la mente calla
El simple hecho de darme cuenta que la mente está callada a veces es suficiente para que empiece a volver la ansiedad.
Pero en vez de dejar que esta compulsión por la continua preocupación se ocupe de la mente, tal vez sería mejor disfrutar el silencio. Y no llenarlo de ruido.
Resistir la necesidad de poner alguna serie que he visto veinte veces para llenarlo. Estar sola con la mente en blanco al hacer la rutina diaria – preparar el desayuno, comer, lavarme la cara, hacer la cama.
El silencio de la ciudad y sus rarezas
Pienso en las mañanas tranquilas de domingo, son de los pocos momentos en que esta ciudad tan ajetreada se encuentra tranquila.
De los pocos momentos en que no se escuchan los tradicionales “GaaAAS!” o “¡Se compran! ¡Colchones! ¡Refrigeradores! … ¡o algo de fierro viejo que vendan!” (a que lo cantaste al leerlo).
Estos sonidos que ya son parte del paisaje sonoro de la ciudad. Podría hasta causar inquietud el no escucharlos, junto con el ruido de carros pitando, perros ladrando, aviones que pasan sobre nosotros.
La urgencia de llenar el vacío
La necesidad de poner música o tele o radio o de prender alguno de nuestros aparatos se puede volver casi intolerable.
Nos es extraño el silencio. Pero qué bonito puede ser.
Qué puede pasar si dejamos que el silencio permanezca
Si nos permitimos sobrellevar esa ansiedad inicial y dejar que el silencio permanezca, quién sabe qué podría pasar.
- Podríamos encontrar la solución a ese problema con el que llevamos varios días.
- Podríamos recordar algún sueño abandonado.
- Podríamos simplemente encontrar algunos momentos de quietud y relajarnos.








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